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Antes del café

Nadie que no sea yo entendería jamás el vacío que me dejó la pérdida de mi neceser de tabaco. Me gusta llevar todo lo necesario para el vicio que he convertido en ritual dentro de un neceser. Cuando llega la hora de llenar mis pulmones de humo, como ya hacían los indios en las llanuras del continente aún sin nombre y que más tarde se llamaría América, saco del bolso el neceser y de allí salen los filtros, un libro de papel, el tabaco de Virginia, el mechero. Y con todo perfectamente colocado en una superficie lisa comienza el ritual del cigarrillo artesano. Sólo lío los cigarros segundos antes de colocarlos entre los labios para encenderlos. Jamás los llevo preparados de casa, porque puedo llegar a renunciar a la superficie lisa, al sosiego de la preparación meticulosa, y liarlos de pie, luchando para que no caiga un filtro al suelo, luchando contra el viento para que no se lleve las hebras del Virginia, renunciando a la perfección del cilindro, pero no a la autenticidad que tiene el cigarro con la forma del instante en que va a ser fumado. El cigarro tembloroso de la ansiedad, el cigarro flaco de fin de mes, el cigarro trémulo del deseo, el cigarro sosegado de la desnudez, el cigarro perfecto cuando mis manos se ponen presumidas. Si he de renunciar a algo, que no sea a la autenticidad.

El neceser desapareció sin avisar. Hacía escasas dos horas había reposado en mi bolso, y sin más desapareció. Sin duda eso hizo que la pérdida resultara más hiriente incluso. Las pérdidas que se van haciendo anunciar son dolorosas también, pero como de entrada son una mera sospecha da pie a vendarse los ojos, e ir mirando poco a poco, según va llegando el valor, o la evidencia, y es sordo y continuado, in crescendo, y cuando por fin se produce esa pérdida tan sabida, llega el último dolor, pero el dolor previo no ha resultado inútil, pues a la pérdida anunciada la acompañaba también el duelo previsto. O quizás no. Lo que sé es que cuando lo hace sin avisar el dolor es agudo. No ha dado oportunidad de una mínima preparación. Es una traición.

Nadie que no fuéramos nosotros entendería la perplejidad y la desorientación al encontrar vacío el espacio que ocupaba, el vacío de las palabras que llevaba cosidas, y que ahora eran no palabras, palabras que formulaban una pregunta que se balanceó al ritmo de mis pies durante tanto tiempo. Tanta gente lo había cogido para leer la pregunta sin entenderla, y sin conocer la respuesta. Y es que sin conocer la respuesta a veces es difícil entender la pregunta. Yo entonces me sonreía. Había leído esa pregunta escrita en mi neceser un montón de veces, por lo menos veintiuna mil novecientas veces:

¿Hay vida antes del café?

Y ahora qué. Ahora, huérfana de preguntas me propongo entenderlo, siempre lo intento, y si no encuentro una explicación me la invento. Ya estoy más serena. He estado pensando. Creo que el neceser se cansó y nos dejó. Se cansó de existir como mera retórica, quiso encontrar a quien poder redimir a raíz  del gran interrogante. Y dejarnos a nosotros, café, fumando como indios nuestra certeza a través del cigarro imposible que acertamos a liar.

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Consciencia

Hasta que vi esa pequeña luz, titilante y tenue, lejos, no me di cuenta. Ver de pronto fue emocionante. Emocionante. Tras la emoción, la luz, aunque débil, iluminó el camino; cuando miré y lo vi me entró el pánico. No obstante cómo podía, a pesar del miedo, no ir hacia ella, no avanzar, quedarme siempre con el anhelo de saber, a pesar de ese camino, largo, difícil, incierto, con el anhelo a pesar del miedo. A pesar de las voces, tantas voces, a veces la mía incluso, que sangraban ya mis oídos de tanto escuchar que no fuera hacia la luz, no, no, huye de la luz, del final del túnel, incluso la mía. Que me los habría arrancado, los oídos. Cómo podía no. Quien no ve una luz no se da cuenta de que apenas ve, porque está en penumbra. No se da cuenta. Yo tampoco me di cuenta. Hasta que vi. La luz da consciencia de la luz. Y de la oscuridad. Cómo podía no.


Tierra seca, communist moon.

La espera formaba parte del protocolo. Posiblemente era lo único que llevaba sabido de antemano, que le harían esperar. Pero lo demás estaba por descubrir, cuando se abriera esa puerta de caoba que se le hacía grande y pesada; alguien la abriría por él. Sólo tendría que atravesarla y conocer dentro de aquel despacho hostil qué querían.

No debía sentirse pequeño. No debía dejarse intimidar por los despachos cerrados, por los sillones de piel, las alfombras persas, las tazas de porcelana. Ni tampoco por las banderas, ni por los retratos que había visto en los libros de historia, y en los telediarios, ahora colgados en las paredes, como tampoco por las medidas de seguridad. No debía sentirse pequeño allí, porque si estaba esperando a que se abriera el despacho presidencial era porque ellos lo habían convocado. Y si eso era así es porque se habían dado cuenta de que iban en serio. De que no eran un puñado de agitadores a los que sofocarían con antidisturbios. Si estaba allí era porque él, ese insignificante hombrecillo, calvo y con barba,  fiel a vaqueros y chaqueta de punto sobre camiseta, con zapatos de ante y cordones de puntera redonda, era la personificación de una amenaza. Y querían deshacerse de él. Lo que aún no sabía era cómo.

La misma asistente que le había ofrecido un café hacía media hora volvía a entrar en la salita de espera para informarle de que el presidente lo esperaba. Y fue ella con un cuerpo frágil y delicado la que abrió sin esfuerzo alguno la puerta del despacho. Aunque él imaginaba que ésta se cerraría tras él con estrépito, apenas hizo ruido y encajó con suavidad.  Tardó aún unos segundos en mirar hacia delante y ver frente a sus ojos, al fondo de un gran despacho luminoso, un rostro oscuro cuya imagen hasta ahora sólo había visto en prensa.

Levantó la cabeza y se acercó sereno, preguntándose cómo era posible que él, que hasta hacía dos años no había sido más que un profesor de filosofía en la universidad, se hubiera configurado como líder de la mayor revolución ciudadana en la historia de la república. Cómo era posible que, con su discurso lento y quedo, su carácter discreto y sus posturas moderadas, hubiera ganado semejante protagonismo en los acontecimientos que habrían de cambiar el rumbo de una nación. Todo había ido tan deprisa que a veces tenía la impresión de que ya no manejaba nada, que estaba al frente de una corriente que lo empujaba.  Él nunca había querido estar al frente de nadie más que de sí mismo, y en ello sí tuvo alguna vez una cierta impresión de serenidad, autoconocimiento, de control sobre su vida. Ahora no. Hacía tiempo que sabía que el control era una falacia. Ahora, cualquier acto suyo, cada palabra pronunciada arrastraba a tanta gente que ya no sabía si se posicionaba en función de lo que él pensaba o de lo que los demás esperaban que pensara, o de lo que sería mejor para las personas que lo seguían. Ya no sabía qué creía, ni quién era.  No era capaz de medir las consecuencias de los pasos que daba, no era capaz de diferenciar lo que estaba bien de lo que no. Hacía tiempo que la incertidumbre era total, que él había dejado de ser él, y que tan sólo le ponía voz y rostro a esa corriente inmensa y feroz, que pugnaba por romper un cauce artificial demasiado estrecho y caprichoso, y desbordarse, y anegarlo todo con furia hasta  encontrar el que de forma natural le correspondía para poder fluir. No. Él ya no sabía quién era. Y dudaba mucho. La justicia era un abstracto resbaladizo de límites difusos.

Comenzó a ganarse el respeto de las heterogéneas turbas ciudadanas, a las que tan sólo unía el descontento con unas condiciones de vida cada vez más duras, con sus discursos en actos públicos, sembrando la duda acerca de la idoneidad del orden establecido, ofreciendo la posibilidad de alternativas, diferentes puntos de vista que fueron resquebrajando la anterior fe en el sistema. Sin embargo, si en un principio sus palabras llamaron la atención,  la pérdida de pudor por la obediencia le revistió de un poderoso atractivo. En cierto modo, nunca se había privado de desobedecer siempre y cuando lo hubiera juzgado necesario, pero hasta ese momento se había tratado de desobediencias pequeñas: el impago de alguna multa que le hubiera parecido abusiva, negarse a que su director de departamento firmase estudios de investigación en los que no hubiera participado, no recogerle el pelo a su hija por mucho que hubiese insistido su mujer, porque a él le gustaban sus rizos.

Y a lo mejor, porque ninguna de esas desobediencias eran posibles ya, a lo mejor porque ya no tenía nada que perder, se negó a votar en las elecciones aún a costa de una sanción. Porque ya nadie le iba a esperar en casa decidió mantener sus conferencias en la vía pública a pesar de no haber obtenido autorización, y pasó por ello su primera noche en la cárcel. Y porque a nadie debía ya proteger con su sueldo anunció la renuncia a su empleo y su negativa a trabajar en ninguno que no le permitiera unos mínimos de dignidad. Y porque había perdido todo el pudor acerca de las reglas establecidas, retiró todos sus fondos de entidades financieras con total obscenidad,   y continuó sin descanso con sus conferencias denunciando el fraude y los abusos por parte de los dirigentes de aquella república contra una resignada población civil.

Pero ése era su caso concreto.  Su desacato se debía a una decisión individual y personal, sus actos no estaban llamados a afectar a nadie más que a él. Pero esas elecciones suyas se transformaron en ejemplo. Y los ciudadanos, deseosos de rebeldía, las abrazaron como suyas, obedeciendo su desobediencia. Fue entonces cuando lo encumbraron como el líder que nunca buscó ser, y el motivo por el cual se encontraba ahora en ese despacho.

Una vez hubo alcanzado la silla al otro lado de la mesa del hombre más poderoso mantuvo silencio. Él había ido allí a escuchar lo que tuvieran que decir pues había sido llamado. El hombre más poderoso no se anduvo con rodeos. Bien sabía que el tiempo es el bien más escaso, aunque no tanto como su interlocutor.

“La situación de desorden civil que se está generando desembocará en el caos, y no lo voy a permitir. Es usted un hombre suficientemente letrado como para saber de qué forma terminan estas cosas. Le gustará más o menos, pero el orden mundial está establecido y no será usted quien lo cambie. Antes de emplearme con todos los medios de los que dispongo en sofocar las revueltas me gustaría hacerle una oferta: la gente lo quiere y lo respeta. Podría hacer más por ella desde dentro. Le daré la oportunidad, dentro del gobierno, siempre que primero me ayude a devolver las aguas a su cauce”.

Ésa era la forma de resolver la amenaza. La perversa, la limpia. Introduciendo la duda como quien coloca una semilla bajo tierra. De ser fértil la tierra, la semilla germinaría, echaría raíces, y lo mataría al crecer. Desde dentro…. Impedir el caos, evitar la llegada de la violencia a gran escala. No sabía si podría soportar sentirse responsable de llevar muertos a su espalda. Cada vez soportaba peor que sus decisiones fueran colectivas. Evitar muertos. Las aguas a su cauce… ¿pero a qué cauce? ¿al natural o al estrecho? El miedo y la sensación de impotencia habían hecho descender hasta tal punto el precio de la dignidad de las personas, que la vida de la mayoría había desaparecido en la república tal y como se había conocido. Las grandes corporaciones habían recuperado la productividad de antaño, y podían competir a nivel internacional, generando beneficios hasta entonces desconocidos,  atrayendo a su vez capital extranjero, todo el que esa pérdida de dignidad era capaz de alimentar. Y ante la imposibilidad del pago de impuestos por parte de la exhausta ciudadanía, los servicios públicos, a excepción del gobierno,  gastos militares y ciertas administraciones, desaparecieron casi por completo. Pero ahora el agua corría turbulenta, y amenazaba con desbordar. Y qué debía hacer él. Él se permitía el lujo de una desobediencia pacífica, desafiante pero pacífica, él que no tenía nada que perder. Pero ¿qué esperaba de él toda esa gente que aún a costa de su empleo, aun poniendo en juego la supervivencia de su familia, aun poniendo en juego su libertad, aun con tanto que perder, aún, había encontrado el coraje para rebelarse? podría desde dentro?  ¿qué podría arreglar, si dentro no quedaba nada sin corromper?  ¿qué le dejarían hacer?…..  Pero, ¿de verdad era necesario destrozar el cauce y que se anegara todo para encontrar aquel con suficiente amplitud como para llevar todo ese agua? ¿dónde se debía colocar su posición moderada y , por todos los santos, qué demonios era una posición moderada? ¿Qué consecuencias tendría continuar con la desobediencia civil? ¿qué se esperaba de él? ¿qué demonios se esperaba de él?

Él. Quién era él. Era un hombre sin nada que perder. Sin nada. Él ya no era él, hacía tiempo que había dejado de ser él. Él era el rostro y la voz de algo más grande. De quien debía contestar. De quien debía decidir. Hubiera deseado ser eliminado. De otra forma. Literal. Habría sido más fácil.

“Debe contestar”

Sí, debo.

Al salir abrió él mismo la puerta, y comprobó que no pesaba. O no tanto. Al menos por el momento. No dependía de él que la tierra fuera estéril. Es lo único que conservaba de sí ese hombre calvo y con barba, al margen del rostro y la voz: una tierra jodidamente seca y estéril.


Delante. London calling.

– ¿Dónde prefieres ver el concierto?

– (…)

¿Que dónde prefiero? Me da igual. Me da igual aparece por inercia. Me da igual. ¿De verdad te da igual? Busca. Busca. Qué prefieres…

Delante.
Delante.

Delante, sí.

Delante.

Donde está toda esa gente. Donde parece que no cabe nadie. Donde no voy a poder ver nada. Delante. Donde todos gritan, saltan y agitan los brazos con cara de éxtasis, aunque yo no vaya a saltar, ni a gritar, y de la cara que ponga no tendré conciencia, no es algo que me importe.

Delante.

Y ni siquiera miraré el escenario porque tendré los ojos cerrados, pero aunque los tenga cerrados sentiré las luces bailando al ritmo de la música y cómo estallan al romper contra el escenario, y sobre todo sentiré esa misma música que lo mueve todo, las luces, la gente que tengo a mi alrededor, a los que están en el escenario dejándola salir para moverlo todo, lo de fuera y lo que hay dentro, delante, metiéndose en mi abrigo, en las horquillas del pelo, entre la uña y el dedo, entre las líneas de lo que pienso.

Delante, invisible entre toda esa gente, sus gritos, sus brazos extendidos. Porque sólo allí, pequeña, con los ojos cerrados, podría poner en duda la existencia de la partícula de dios, y mi abrigo, mis horquillas, el espacio que hay entre mis dedos y mis uñas, mi propio pensamiento… todo se deshace, se difumina, y poco a poco yo dejo de ser yo, lo que yo era yo. Porque allí soy la música. Y el ritmo con el que bailan las luces que explotan sobre el escenario. Delante.

La primera vez  nadie me preguntó. Pero no obstante yo propuse, tímida,  ¿ y si delante? Y me dijeron no. Y me sentí incapaz de justificar mis por qués, ni siquiera los habría; era una intuición: delante. A la segunda fui donde me llevaron. Y así, cuando alguna vez hubo pregunta ¿dónde prefieres ir? aprendí a contestar me da igual. Un me da igual. Un no dar explicaciones ¿Que dónde prefiero? Me da igual. Y dejé de escuchar mis respuestas, las de verdad, las que primero son intuiciones hasta que después se convierten en certezas y se comprenden sus porqués. Hasta que se convierten en un elemento más del conjunto que me define, dejándome indefinida, cuando en realidad era delante.

Hasta ahora. Que sin avisar llegas y me preguntas. Y después de tanto tiempo sin contestar lo de verdad, con el sistema automático del me da igual, o del lo que prefieras -por variar-, después de tanto tiempo sin preguntas, tú me miras y me preguntas. Y qué contesto, ahora que tengo dos respuestas, la mía y la de los demás. Hace tanto que no escucho la mía que no sé ni cómo suena. ¿Y si la mía no es la buena? ¿Y si esperas escuchar otra?

- delante.

¿Y tú?

– Donde prefieras.

– No, ¿y?

– ¿Yo?

(… )

delante.
Delante.
Delante.

Delante, sí.

Delante.


A veces pasa; Blinded

Estoy delante de los patines.

Me pasa a veces. Es el primer paso.  El primer paso de qué. De querer vivir, claro. Yo no vivo,  yo miro. Yo miro a mi alrededor y veo gentes viviendo. Ellas viven.  Miro a las gentes que patinan. Andan veloces, a un palmo sobre el suelo, y se deslizan, como ingrávidas, como si no pesaran, como leves, como viento. Y me imagino sobre ruedas como ellos, pesando poco, sorteando obstáculos con naturalidad, como si en realidad no fueran obstáculos, como con naturalidad, deslizándome. Y al mirar mi sombra vería un movimiento armonioso, y sentiría cómo el viento me retira el pelo de la cara, y creo que eso se parecería bastante a sentir que estoy viva. Pero sólo lo imagino. Porque lo que hago en realidad es mirar a gente que se desliza, que esquiva, que avanza jugando al equilibrio, que pesa tan poco que casi vuela, y que parecen estar vivos.

Me pongo los patines, y los ato.

A veces me pasa. Ellos son el mundo, y yo estoy allí, cerca de ellos, y respiro, y duermo, y me levanto, y paseo por las calles, y trabajo, quedo con amigos, subo y bajo al autobús, y me parezco bastante a ellos. Pero no soy su mundo.  Mi mundo está conmigo, en mi cuarto, donde sí vivo, en mi música, donde sí vivo, en mis libros, donde sí vivo, en mi cabeza, donde sí vivo. El de fuera es otro,  el que hago que vivo.  Y es un primer paso, el de ir sobre las ruedas, para probar a vivir como viven ellos. A ver si puedo dejar de mirar, que miro incluso mientras me deslizo a un palmo sobre el suelo, como ingrávida, como si no pesara, como leve, como viento, y pongo cara de sentirme viva, mientras ellos siguen siendo el mundo, y yo los miro. Y paso inadvertida, nadie me ve, nadie ve que sólo hago que vivo. Pero yo sí, yo me miro y soy tan ridícula.

Me siento a descansar en un banco.

Y sigo mirando. Pensé que quizá sería el día, el de vivir. Pero no. Será otro. Quiero pensar que a veces pasa. Hoy sigo en mi mundo. Y en él me imagino distinguiendo a alguien que también hace que vive. O a lo mejor no, a lo mejor es ese alguien quien me distingue. Da igual. Imagino que nos vemos. Imagino que nos reconocemos, y nos enseñamos nuestros mundos, y hacemos juntos los demás intentos, otros primeros pasos, los de querer vivir lo de ahí afuera, que a veces deja de ser solo de los demás y no tenemos que hacer que hacemos. Y descubriríamos cómo somos al mezclar y compartir nuestros dos mundos, y creo que nos gustaría. Y descubriríamos cómo somos con el nuestro, que yo imagino más grande y aún lo intentaría ensanchar más, tanto como pudiera, claro, para compartir. Y descubriríamos cómo somos en el mundo de los demás, que sería un poco menos extraño. Y creo que eso se parecería bastante a sentir que estamos vivos.

Me desato los cordones y me quito las botas. Con trabajo. Estoy delante de los patines. Alguien se sienta a mi lado y me saca de este pensar y pensar. Giro un poco la cabeza y lo miro. Se está quitando los patines. Con trabajo. Está delante de los patines. Gira un poco la cabeza y me mira. Nos miramos.

Y nos vemos.

Nos vemos.

A veces pasa.

Y sin decir nada nos ponemos los patines. Y los atamos.

 


De piratas; I wanna be your dog.

El pirata dejó que al nacer lo vistieran de repollo con lazo y después de tirolés. Más tarde, que lo uniformaran con pantalón gris, camisa blanca, jersey con escudo. Él mismo tomó inercia y aprendió a hacer nudos de corbata.

Pero el pirata es pirata, y un día perdió un ojo, y se miró al espejo, y se reconoció. Y se sintió furioso por haber tenido que perder un jodido ojo para poder ver quién era, y se preguntó  por qué nadie a su alrededor, de esos que tanto decían quererle, fue jamás capaz de contarle nada. Claro, que cuando les pidió explicaciones, a los seres queridos, y se dio cuenta de que comenzaban a tratarlo como si hubiera dejado de estar en uso de sus facultades mentales, y se vio en la necesidad de contarles que, si era pirata era para encontrar tesoros -pues esto sí lo entendían-, supo de la inexistencia de engaño. Por esa parte al menos.

Y se dio cuenta también desde que pudo ver, que las calles estaban llenas de personas que se creían insignificantes, y eran en realidad exploradores, espías, aventureros, superhéroes, e indios Jhanktowana –“los que ya quedan pocos”… pero no supo si revelárselo o esperar a que cada uno sufriera su propio encuentro. Y esperó.

Y viendo que no podía culpar a los suyos, tan ciegos sin un parche –porque a alguien habría salido- sólo se tuvo a sí mismo para volcar la rabia. Y destrozó con ella su casa, y con los pedazos se hizo un barco, ató los cabos –a falta de nudos marineros, con nudos de corbata- izó las velas y levó el ancla, y partió sin mirar atrás desde la proa, con los hombros erguidos gracias al recién aprendido coraje.

De él quedaron sólo las cuchillas de afeitar, la tele de plasma y los náuticos –qué caprichoso es el destino-.

Y entre el mar de gente, tras el parche, su ojo furioso aprendió a reconocer a otros piratas con quienes hacer la travesía por los alisios en la frente. Y por las espadas.