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Seguiré yo. Rid of me.

Pensaste que era poca cosa, reconócelo.  Quizá yo también. Puede incluso que lo fuera. Sin embargo heme aquí, frente a frente, nuestros ojos a la misma altura. Sí, he crecido. Me pregunto si me reconoces, y es que a pesar de todo lo que haya podido cambiar, hay algo que se mantiene desde siempre. Lo importante. Muy a pesar de tu forma sádica de buscar mi límite. Precisamente la que me ha permitido estar aquí y ahora, sosteniéndote la mirada. Ni se te ocurra bajarla. No dejes de mirar ni un momento.

Pensabas que caería con la primera piedra que me pusiste en el camino, reconócelo. Y tuviste razón,  caí. Me hice daño, me rompí las medias, y llegué a casa con heridas en las rodillas, dolorida, con los ojos rojos, con rabia. Y al día siguiente no me quedé tras esa piedra que me parecía tan grande, que aunque para ti fuera un guijarro para mí era grande, tan grande que tuve que sortearla trepando, no retrocedí, no cambié de camino, no busqué uno  más fácil. La sorteé trepando, y me arranqué las escaras, y me arañé las manos, y no me puse arnés -no hay arneses en tu juego-. Y una vez escalada me volví para mirarla y la vi pequeña, pero no, las piedras no cambian de tamaño, era yo la que había crecido. Crezco y crezco con cada una de las piedras que me pones delante. Ese límite que buscas tiende a infinito.

Es cierto que alguna vez sí has estado a punto. A punto estuve de doblegarme, y es que puedes llegar a ser un terrible subyugador.  Y sí, reconozco que dudé de la existencia de eso mío que ha permanecido siempre, que caí en la tentación de pensar que me he pasado la vida equivocada, que todo da igual, que el camino da igual, que no hay opción, no hay nada, sólo polvo.  Pero la equivocación fue dejarme arrastrar, probar de tu nihilismo. Negarme hasta tres veces. Y sin embargo eso mío no murió. No lo maté, no lo mataste, yo me absolví y aquí estoy. Pero tú no dejas de jugar a ese juego. Y sí, estoy sangrando.

Te noto interrogante, por qué has venido, dime ya lo que  quieres… y con aire de victoria. ¡Quítatelo!, ¿de verdad crees que he venido a suplicar que te detengas, que después de lo que te he dicho tengo intención de claudicar? No! y entérate bien:  lo que he venido a decirte es que si es por mí puedes seguir. ¡Sigue! Sigue con tus piedras, elige las que quieras. Coloca junto a mí los seres más ruines, que con uno bueno que conozca mantendré la fe. Ponme el amor en la circunstancia más complicada, que diré sí. Lánzame al vacío y aprenderé a volar. Arráncame las manos y abrazaré con la boca. Apágame el sol para siempre si quieres, porque tengo en mí la luz.

Así que sigue con tus piedras, que yo seguiré, con sangre en las rodillas y en las manos, con los ojos enrojecidos, con rabia si te empeñas en que así sea.  Seguiré, aún con cansancio infinito, aún cuando crea haber llegado al límite, seguiré. Yo. Seguiré yo. Y aquí mi triunfo: feliz.  Seguiré yo. Feliz yo.  Con o sin heridas, con ese algo que ha permanecido siempre, con lo importante, lo que no me puedes quitar por muchas piedras que pongas –  ahora lo sé -, lo mejor que tengo.  Yo.  Yo feliz.

Seguiré yo. Feliz yo.

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