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El niño que jugaba con su sombra

           El niño que jugaba con su sombra solía caminar ensimismado. Tenía la impresión de que era especial pero aún no sabía por qué, y mientras tanto soñaba que lo era. Algún día pasaría algo -tenía que pasar-, algo que le haría entender, que le convertiría en el Indiana Jones, o en el Mickey Walsh, o en el  Han Solo de su propia película.

Por las mañanas su sombra era alargada y fina. A medio día pequeña y redondeada. Por la tarde se iba alargando de nuevo. La longitud y la anchura de su sombra variaban varias veces al día. Era escurridiza y sorprendente. Y él no podía dejar de mirarla ni de preguntarse cuál era la que daba con su reflejo. Se buscaba en todas ellas, todos los días, pero nunca terminaba de reconocerse en ninguna. Y a pesar del riesgo que supone el caminar con los ojos fijos en el suelo  -porque las sombras, también la suya, tienen esa costumbre de caminar allí, pegadas a los pies-, y de algunos accidentes -que por fortuna no terminaron en una sala de urgencias, con su aguja y su hilo-, nunca abandonó esa costumbre. Ni siquiera cuando su sombra fue creciendo, incluso al medio día, ni siquiera cuando al ir creciéndole el cuerpo se fue olvidando de los sueños, porque llega un momento en que continuar esperando, esperando eso que tiene que pasar y no pasa,  duele más que renunciar. Pero aun habiendo renunciado, el niño que jugaba con su sombra, y que creía ser un adulto, continuaba mirando a sus pies, y buscándose en ella, cuando era larga y cuando era corta, tan variable pero tan suya, y aunque seguía sin reconocerse, al menos le resultaba familiar en un mundo extraño y ajeno.

Un día, el niño que jugaba con su sombra conoció a la niña que jugaba con su sombra. Parecía una mujer, a los ojos de cualquier otra persona en el mundo era una mujer, pero él habría reconocido en cualquier parte ese caminar disimulado, que hace creer que miras de frente cuando en realidad no pierdes de vista el reflejo oscuro que sale de los pies, en esa búsqueda por las longitudes y anchuras cambiantes donde encontrar las propias.

Y ese día no pudo dominar la fe, ni evitar volver a creer, aunque doliera, porque dolía, que quizá no estuvo equivocado. Que quizá los sueños no eran fantasías infantiles, sólo locuras, pero de las que se pueden tocar con las manos, y no sólo con la sombra de las manos, cuando los brazos son larguísimos, ya justo antes del atardecer. Y con mucho miedo y con muchas dudas, se acercó a la niña que jugaba con su sombra. Ella, acostumbrada a no ver, y sobre todo a no ser vista, no lo reconoció a la primera, y es que él tenía aspecto de hombre, y cualquier otra persona en el mundo habría pensado que era un hombre. Pero al descubrir quién era ocurrió algo emocionante tras toda una vida de búsqueda, y es que se reconoció, ¡por fin!, se reconoció, y no en su sombra, sino en el niño. Y supo que no querría alejarse nunca, pues fuera el mundo era tan extraño y ajeno.

Él, al principio, pensaba que era la aparición de la niña que jugaba con su sombra eso que tenía que pasar. Pero no bastaba con eso. Que ella existiese sólo le dio el valor para volver a creer, para volverse a buscar a pesar de que doliese. Ese fue el primer paso para que ocurriera lo que tenía que pasar, lo que le hacía especial, los sueños. Tenía que ocurrir él. Él. Y al ocurrir, y verse reflejado en la niña que jugaba con él, se reconoció, ¡por fin!, se reconoció.

Los niños juegan ahora el uno con el otro. Y cuando aparecen sus sombras, a veces juegan con ellas. Porque los niños, si hay algo que saben hacer, es jugar.

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