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De piratas; I wanna be your dog.

El pirata dejó que al nacer lo vistieran de repollo con lazo y después de tirolés. Más tarde, que lo uniformaran con pantalón gris, camisa blanca, jersey con escudo. Él mismo tomó inercia y aprendió a hacer nudos de corbata.

Pero el pirata es pirata, y un día perdió un ojo, y se miró al espejo, y se reconoció. Y se sintió furioso por haber tenido que perder un jodido ojo para poder ver quién era, y se preguntó  por qué nadie a su alrededor, de esos que tanto decían quererle, fue jamás capaz de contarle nada. Claro, que cuando les pidió explicaciones, a los seres queridos, y se dio cuenta de que comenzaban a tratarlo como si hubiera dejado de estar en uso de sus facultades mentales, y se vio en la necesidad de contarles que, si era pirata era para encontrar tesoros -pues esto sí lo entendían-, supo de la inexistencia de engaño. Por esa parte al menos.

Y se dio cuenta también desde que pudo ver, que las calles estaban llenas de personas que se creían insignificantes, y eran en realidad exploradores, espías, aventureros, superhéroes, e indios Jhanktowana –“los que ya quedan pocos”… pero no supo si revelárselo o esperar a que cada uno sufriera su propio encuentro. Y esperó.

Y viendo que no podía culpar a los suyos, tan ciegos sin un parche –porque a alguien habría salido- sólo se tuvo a sí mismo para volcar la rabia. Y destrozó con ella su casa, y con los pedazos se hizo un barco, ató los cabos –a falta de nudos marineros, con nudos de corbata- izó las velas y levó el ancla, y partió sin mirar atrás desde la proa, con los hombros erguidos gracias al recién aprendido coraje.

De él quedaron sólo las cuchillas de afeitar, la tele de plasma y los náuticos –qué caprichoso es el destino-.

Y entre el mar de gente, tras el parche, su ojo furioso aprendió a reconocer a otros piratas con quienes hacer la travesía por los alisios en la frente. Y por las espadas.

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