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El niño que jugaba con su sombra

           El niño que jugaba con su sombra solía caminar ensimismado. Tenía la impresión de que era especial pero aún no sabía por qué, y mientras tanto soñaba que lo era. Algún día pasaría algo -tenía que pasar-, algo que le haría entender, que le convertiría en el Indiana Jones, o en el Mickey Walsh, o en el  Han Solo de su propia película.

Por las mañanas su sombra era alargada y fina. A medio día pequeña y redondeada. Por la tarde se iba alargando de nuevo. La longitud y la anchura de su sombra variaban varias veces al día. Era escurridiza y sorprendente. Y él no podía dejar de mirarla ni de preguntarse cuál era la que daba con su reflejo. Se buscaba en todas ellas, todos los días, pero nunca terminaba de reconocerse en ninguna. Y a pesar del riesgo que supone el caminar con los ojos fijos en el suelo  -porque las sombras, también la suya, tienen esa costumbre de caminar allí, pegadas a los pies-, y de algunos accidentes -que por fortuna no terminaron en una sala de urgencias, con su aguja y su hilo-, nunca abandonó esa costumbre. Ni siquiera cuando su sombra fue creciendo, incluso al medio día, ni siquiera cuando al ir creciéndole el cuerpo se fue olvidando de los sueños, porque llega un momento en que continuar esperando, esperando eso que tiene que pasar y no pasa,  duele más que renunciar. Pero aun habiendo renunciado, el niño que jugaba con su sombra, y que creía ser un adulto, continuaba mirando a sus pies, y buscándose en ella, cuando era larga y cuando era corta, tan variable pero tan suya, y aunque seguía sin reconocerse, al menos le resultaba familiar en un mundo extraño y ajeno.

Un día, el niño que jugaba con su sombra conoció a la niña que jugaba con su sombra. Parecía una mujer, a los ojos de cualquier otra persona en el mundo era una mujer, pero él habría reconocido en cualquier parte ese caminar disimulado, que hace creer que miras de frente cuando en realidad no pierdes de vista el reflejo oscuro que sale de los pies, en esa búsqueda por las longitudes y anchuras cambiantes donde encontrar las propias.

Y ese día no pudo dominar la fe, ni evitar volver a creer, aunque doliera, porque dolía, que quizá no estuvo equivocado. Que quizá los sueños no eran fantasías infantiles, sólo locuras, pero de las que se pueden tocar con las manos, y no sólo con la sombra de las manos, cuando los brazos son larguísimos, ya justo antes del atardecer. Y con mucho miedo y con muchas dudas, se acercó a la niña que jugaba con su sombra. Ella, acostumbrada a no ver, y sobre todo a no ser vista, no lo reconoció a la primera, y es que él tenía aspecto de hombre, y cualquier otra persona en el mundo habría pensado que era un hombre. Pero al descubrir quién era ocurrió algo emocionante tras toda una vida de búsqueda, y es que se reconoció, ¡por fin!, se reconoció, y no en su sombra, sino en el niño. Y supo que no querría alejarse nunca, pues fuera el mundo era tan extraño y ajeno.

Él, al principio, pensaba que era la aparición de la niña que jugaba con su sombra eso que tenía que pasar. Pero no bastaba con eso. Que ella existiese sólo le dio el valor para volver a creer, para volverse a buscar a pesar de que doliese. Ese fue el primer paso para que ocurriera lo que tenía que pasar, lo que le hacía especial, los sueños. Tenía que ocurrir él. Él. Y al ocurrir, y verse reflejado en la niña que jugaba con él, se reconoció, ¡por fin!, se reconoció.

Los niños juegan ahora el uno con el otro. Y cuando aparecen sus sombras, a veces juegan con ellas. Porque los niños, si hay algo que saben hacer, es jugar.

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Consciencia

Hasta que vi esa pequeña luz, titilante y tenue, lejos, no me di cuenta. Ver de pronto fue emocionante. Emocionante. Tras la emoción, la luz, aunque débil, iluminó el camino; cuando miré y lo vi me entró el pánico. No obstante cómo podía, a pesar del miedo, no ir hacia ella, no avanzar, quedarme siempre con el anhelo de saber, a pesar de ese camino, largo, difícil, incierto, con el anhelo a pesar del miedo. A pesar de las voces, tantas voces, a veces la mía incluso, que sangraban ya mis oídos de tanto escuchar que no fuera hacia la luz, no, no, huye de la luz, del final del túnel, incluso la mía. Que me los habría arrancado, los oídos. Cómo podía no. Quien no ve una luz no se da cuenta de que apenas ve, porque está en penumbra. No se da cuenta. Yo tampoco me di cuenta. Hasta que vi. La luz da consciencia de la luz. Y de la oscuridad. Cómo podía no.


Tierra seca, communist moon.

La espera formaba parte del protocolo. Posiblemente era lo único que llevaba sabido de antemano, que le harían esperar. Pero lo demás estaba por descubrir, cuando se abriera esa puerta de caoba que se le hacía grande y pesada; alguien la abriría por él. Sólo tendría que atravesarla y conocer dentro de aquel despacho hostil qué querían.

No debía sentirse pequeño. No debía dejarse intimidar por los despachos cerrados, por los sillones de piel, las alfombras persas, las tazas de porcelana. Ni tampoco por las banderas, ni por los retratos que había visto en los libros de historia, y en los telediarios, ahora colgados en las paredes, como tampoco por las medidas de seguridad. No debía sentirse pequeño allí, porque si estaba esperando a que se abriera el despacho presidencial era porque ellos lo habían convocado. Y si eso era así es porque se habían dado cuenta de que iban en serio. De que no eran un puñado de agitadores a los que sofocarían con antidisturbios. Si estaba allí era porque él, ese insignificante hombrecillo, calvo y con barba,  fiel a vaqueros y chaqueta de punto sobre camiseta, con zapatos de ante y cordones de puntera redonda, era la personificación de una amenaza. Y querían deshacerse de él. Lo que aún no sabía era cómo.

La misma asistente que le había ofrecido un café hacía media hora volvía a entrar en la salita de espera para informarle de que el presidente lo esperaba. Y fue ella con un cuerpo frágil y delicado la que abrió sin esfuerzo alguno la puerta del despacho. Aunque él imaginaba que ésta se cerraría tras él con estrépito, apenas hizo ruido y encajó con suavidad.  Tardó aún unos segundos en mirar hacia delante y ver frente a sus ojos, al fondo de un gran despacho luminoso, un rostro oscuro cuya imagen hasta ahora sólo había visto en prensa.

Levantó la cabeza y se acercó sereno, preguntándose cómo era posible que él, que hasta hacía dos años no había sido más que un profesor de filosofía en la universidad, se hubiera configurado como líder de la mayor revolución ciudadana en la historia de la república. Cómo era posible que, con su discurso lento y quedo, su carácter discreto y sus posturas moderadas, hubiera ganado semejante protagonismo en los acontecimientos que habrían de cambiar el rumbo de una nación. Todo había ido tan deprisa que a veces tenía la impresión de que ya no manejaba nada, que estaba al frente de una corriente que lo empujaba.  Él nunca había querido estar al frente de nadie más que de sí mismo, y en ello sí tuvo alguna vez una cierta impresión de serenidad, autoconocimiento, de control sobre su vida. Ahora no. Hacía tiempo que sabía que el control era una falacia. Ahora, cualquier acto suyo, cada palabra pronunciada arrastraba a tanta gente que ya no sabía si se posicionaba en función de lo que él pensaba o de lo que los demás esperaban que pensara, o de lo que sería mejor para las personas que lo seguían. Ya no sabía qué creía, ni quién era.  No era capaz de medir las consecuencias de los pasos que daba, no era capaz de diferenciar lo que estaba bien de lo que no. Hacía tiempo que la incertidumbre era total, que él había dejado de ser él, y que tan sólo le ponía voz y rostro a esa corriente inmensa y feroz, que pugnaba por romper un cauce artificial demasiado estrecho y caprichoso, y desbordarse, y anegarlo todo con furia hasta  encontrar el que de forma natural le correspondía para poder fluir. No. Él ya no sabía quién era. Y dudaba mucho. La justicia era un abstracto resbaladizo de límites difusos.

Comenzó a ganarse el respeto de las heterogéneas turbas ciudadanas, a las que tan sólo unía el descontento con unas condiciones de vida cada vez más duras, con sus discursos en actos públicos, sembrando la duda acerca de la idoneidad del orden establecido, ofreciendo la posibilidad de alternativas, diferentes puntos de vista que fueron resquebrajando la anterior fe en el sistema. Sin embargo, si en un principio sus palabras llamaron la atención,  la pérdida de pudor por la obediencia le revistió de un poderoso atractivo. En cierto modo, nunca se había privado de desobedecer siempre y cuando lo hubiera juzgado necesario, pero hasta ese momento se había tratado de desobediencias pequeñas: el impago de alguna multa que le hubiera parecido abusiva, negarse a que su director de departamento firmase estudios de investigación en los que no hubiera participado, no recogerle el pelo a su hija por mucho que hubiese insistido su mujer, porque a él le gustaban sus rizos.

Y a lo mejor, porque ninguna de esas desobediencias eran posibles ya, a lo mejor porque ya no tenía nada que perder, se negó a votar en las elecciones aún a costa de una sanción. Porque ya nadie le iba a esperar en casa decidió mantener sus conferencias en la vía pública a pesar de no haber obtenido autorización, y pasó por ello su primera noche en la cárcel. Y porque a nadie debía ya proteger con su sueldo anunció la renuncia a su empleo y su negativa a trabajar en ninguno que no le permitiera unos mínimos de dignidad. Y porque había perdido todo el pudor acerca de las reglas establecidas, retiró todos sus fondos de entidades financieras con total obscenidad,   y continuó sin descanso con sus conferencias denunciando el fraude y los abusos por parte de los dirigentes de aquella república contra una resignada población civil.

Pero ése era su caso concreto.  Su desacato se debía a una decisión individual y personal, sus actos no estaban llamados a afectar a nadie más que a él. Pero esas elecciones suyas se transformaron en ejemplo. Y los ciudadanos, deseosos de rebeldía, las abrazaron como suyas, obedeciendo su desobediencia. Fue entonces cuando lo encumbraron como el líder que nunca buscó ser, y el motivo por el cual se encontraba ahora en ese despacho.

Una vez hubo alcanzado la silla al otro lado de la mesa del hombre más poderoso mantuvo silencio. Él había ido allí a escuchar lo que tuvieran que decir pues había sido llamado. El hombre más poderoso no se anduvo con rodeos. Bien sabía que el tiempo es el bien más escaso, aunque no tanto como su interlocutor.

“La situación de desorden civil que se está generando desembocará en el caos, y no lo voy a permitir. Es usted un hombre suficientemente letrado como para saber de qué forma terminan estas cosas. Le gustará más o menos, pero el orden mundial está establecido y no será usted quien lo cambie. Antes de emplearme con todos los medios de los que dispongo en sofocar las revueltas me gustaría hacerle una oferta: la gente lo quiere y lo respeta. Podría hacer más por ella desde dentro. Le daré la oportunidad, dentro del gobierno, siempre que primero me ayude a devolver las aguas a su cauce”.

Ésa era la forma de resolver la amenaza. La perversa, la limpia. Introduciendo la duda como quien coloca una semilla bajo tierra. De ser fértil la tierra, la semilla germinaría, echaría raíces, y lo mataría al crecer. Desde dentro…. Impedir el caos, evitar la llegada de la violencia a gran escala. No sabía si podría soportar sentirse responsable de llevar muertos a su espalda. Cada vez soportaba peor que sus decisiones fueran colectivas. Evitar muertos. Las aguas a su cauce… ¿pero a qué cauce? ¿al natural o al estrecho? El miedo y la sensación de impotencia habían hecho descender hasta tal punto el precio de la dignidad de las personas, que la vida de la mayoría había desaparecido en la república tal y como se había conocido. Las grandes corporaciones habían recuperado la productividad de antaño, y podían competir a nivel internacional, generando beneficios hasta entonces desconocidos,  atrayendo a su vez capital extranjero, todo el que esa pérdida de dignidad era capaz de alimentar. Y ante la imposibilidad del pago de impuestos por parte de la exhausta ciudadanía, los servicios públicos, a excepción del gobierno,  gastos militares y ciertas administraciones, desaparecieron casi por completo. Pero ahora el agua corría turbulenta, y amenazaba con desbordar. Y qué debía hacer él. Él se permitía el lujo de una desobediencia pacífica, desafiante pero pacífica, él que no tenía nada que perder. Pero ¿qué esperaba de él toda esa gente que aún a costa de su empleo, aun poniendo en juego la supervivencia de su familia, aun poniendo en juego su libertad, aun con tanto que perder, aún, había encontrado el coraje para rebelarse? podría desde dentro?  ¿qué podría arreglar, si dentro no quedaba nada sin corromper?  ¿qué le dejarían hacer?…..  Pero, ¿de verdad era necesario destrozar el cauce y que se anegara todo para encontrar aquel con suficiente amplitud como para llevar todo ese agua? ¿dónde se debía colocar su posición moderada y , por todos los santos, qué demonios era una posición moderada? ¿Qué consecuencias tendría continuar con la desobediencia civil? ¿qué se esperaba de él? ¿qué demonios se esperaba de él?

Él. Quién era él. Era un hombre sin nada que perder. Sin nada. Él ya no era él, hacía tiempo que había dejado de ser él. Él era el rostro y la voz de algo más grande. De quien debía contestar. De quien debía decidir. Hubiera deseado ser eliminado. De otra forma. Literal. Habría sido más fácil.

“Debe contestar”

Sí, debo.

Al salir abrió él mismo la puerta, y comprobó que no pesaba. O no tanto. Al menos por el momento. No dependía de él que la tierra fuera estéril. Es lo único que conservaba de sí ese hombre calvo y con barba, al margen del rostro y la voz: una tierra jodidamente seca y estéril.


El saco de arena. Black hole sun.

Acabo de colgar el saco de arena. Se sujeta del techo con unas cadenas. Le doy un pequeño golpe y oscila, un poco. Hacia atrás, hacia delante, hacia atrás, hacia delante…. Le golpeo un poco más fuerte. Y vuelve a oscilar, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás, hacia delante, en un movimiento marcado únicamente por mis golpes. Y sigo, y lo golpeo, una y otra vez, cada vez más fuerte, y dejo de ver el saco de arena, y su movimiento, y mi habitación, y a mí misma.

Ya exhausta, tras haberlo golpeado una y otra vez, de haber vertido en él toda mi rabia, con el sudor aún frío, vuelvo a abrir los ojos y a tomar conciencia. Miro el suelo pero no lo toco con los pies, y estoy sujeta al techo por unas cadenas. Quiero salir de la habitación, intento correr pero no puedo, intento andar pero no puedo, intento coger un teléfono, y llamar, pero no puedo, quiero hablar, pero no puedo, quiero gritar, pero no puedo, quiero suplicar que alguien me descuelgue del techo, pero no puedo. ¿Vendrá alguien?

Entonces, tras sentir un dolor sordo, comienzo a moverme. Hacia delante, hacia atrás, hacia delante y hacia atrás… oscilante…


Seguiré yo. Rid of me.

Pensaste que era poca cosa, reconócelo.  Quizá yo también. Puede incluso que lo fuera. Sin embargo heme aquí, frente a frente, nuestros ojos a la misma altura. Sí, he crecido. Me pregunto si me reconoces, y es que a pesar de todo lo que haya podido cambiar, hay algo que se mantiene desde siempre. Lo importante. Muy a pesar de tu forma sádica de buscar mi límite. Precisamente la que me ha permitido estar aquí y ahora, sosteniéndote la mirada. Ni se te ocurra bajarla. No dejes de mirar ni un momento.

Pensabas que caería con la primera piedra que me pusiste en el camino, reconócelo. Y tuviste razón,  caí. Me hice daño, me rompí las medias, y llegué a casa con heridas en las rodillas, dolorida, con los ojos rojos, con rabia. Y al día siguiente no me quedé tras esa piedra que me parecía tan grande, que aunque para ti fuera un guijarro para mí era grande, tan grande que tuve que sortearla trepando, no retrocedí, no cambié de camino, no busqué uno  más fácil. La sorteé trepando, y me arranqué las escaras, y me arañé las manos, y no me puse arnés -no hay arneses en tu juego-. Y una vez escalada me volví para mirarla y la vi pequeña, pero no, las piedras no cambian de tamaño, era yo la que había crecido. Crezco y crezco con cada una de las piedras que me pones delante. Ese límite que buscas tiende a infinito.

Es cierto que alguna vez sí has estado a punto. A punto estuve de doblegarme, y es que puedes llegar a ser un terrible subyugador.  Y sí, reconozco que dudé de la existencia de eso mío que ha permanecido siempre, que caí en la tentación de pensar que me he pasado la vida equivocada, que todo da igual, que el camino da igual, que no hay opción, no hay nada, sólo polvo.  Pero la equivocación fue dejarme arrastrar, probar de tu nihilismo. Negarme hasta tres veces. Y sin embargo eso mío no murió. No lo maté, no lo mataste, yo me absolví y aquí estoy. Pero tú no dejas de jugar a ese juego. Y sí, estoy sangrando.

Te noto interrogante, por qué has venido, dime ya lo que  quieres… y con aire de victoria. ¡Quítatelo!, ¿de verdad crees que he venido a suplicar que te detengas, que después de lo que te he dicho tengo intención de claudicar? No! y entérate bien:  lo que he venido a decirte es que si es por mí puedes seguir. ¡Sigue! Sigue con tus piedras, elige las que quieras. Coloca junto a mí los seres más ruines, que con uno bueno que conozca mantendré la fe. Ponme el amor en la circunstancia más complicada, que diré sí. Lánzame al vacío y aprenderé a volar. Arráncame las manos y abrazaré con la boca. Apágame el sol para siempre si quieres, porque tengo en mí la luz.

Así que sigue con tus piedras, que yo seguiré, con sangre en las rodillas y en las manos, con los ojos enrojecidos, con rabia si te empeñas en que así sea.  Seguiré, aún con cansancio infinito, aún cuando crea haber llegado al límite, seguiré. Yo. Seguiré yo. Y aquí mi triunfo: feliz.  Seguiré yo. Feliz yo.  Con o sin heridas, con ese algo que ha permanecido siempre, con lo importante, lo que no me puedes quitar por muchas piedras que pongas –  ahora lo sé -, lo mejor que tengo.  Yo.  Yo feliz.

Seguiré yo. Feliz yo.


La pared comunicante. I wanna be adored.

La intersección entre sus vidas tuvo  forma de pared comunicante. Ambas vivían en el mismo bloque de edificios, en pisos de la misma altura pero en diferentes escaleras que se unían precisamente en el muro que separaba ambos dormitorios.

Así, a la mujer joven comenzaron a despertarle a diario los llantos de un bebé que procedían de la pared. Los primeros días se angustiaba con la incertidumbre acerca del por qué y del cuánto duraría ese llanto, pero con el tiempo supo que antes o después aparecería una voz, tatarearía una nana sin letra y unas palabras suaves, y el bebé callaría y volvería a dormir. Y ella.

Cuando cesaron los llantos nocturnos y la mujer casi los había olvidado, llegaron los fines de semana. Sábados y domingos, al despuntar el alba, oía una voz pequeña de la pared ¿papá? ¿mamá?. Y preguntaba una y otra vez, cada vez más alto, cada vez con mayor desasosiego. La mujer joven abría los ojos y encogía las rodillas, e imaginaba esa voz sola, y le daba sensación de desamparo, y se sentía llamada, aunque no fuera ni madre ni padre, y se escondía bajo el edredón, y esperaba con ella mientras duraban los interrogantes hasta que llegara una voz que diera los buenos días en un tono alterado, forzadamente infantilizado, y dijera tonterías, y la vocecita se riera. Y sólo entonces, en pleno bullicio, la mujer volvería a dormir.

Los sábados y los domingos fueron amaneciendo más tarde. Hasta que por fin era una voz de hombre la que inauguraba el fin de semana tras la pared comunicante, y cantaba canciones que no se parecían nada a las que la mujer escuchaba de niña, y le hacían sentir a la mujer lo lejos que quedaba la suya con tanto cambio de decorado.

Y cuando la pequeña se ponía enferma, le despertaban las toses. Cómo tosía. Y la mujer se sentía llamada, por esa tos, pero la mujer no tenía jarabes, ni cartilla del médico, ni forma de cruzar esa pared comunicante, y se mantenía despierta, para acompañarla mientras duraran los ataques, y encogía las rodillas, y se escondía bajo el edredón. Al menos hasta que escuchara alguna otra voz en esa habitación contigua, una voz con jarabe y cartilla del médico, o con susurros, o con nanas sin letra.

La niña al principio no conseguía entender los ruidos acompasados y de ritmo in crescendo que de vez en cuando y sin explicación salían de su pared y la despertaban, para después parar en seco. Mientras duraban, la niña se mantenía despierta, encogía las rodillas, y se escondía bajo el edredón, sin dejar de mirar a la pared, que elegía formas realmente extrañas para comunicarse con ella. A veces intentaba hablarla, pero no sabía su nombre, así que no sabía cómo dirigirse a ella. Cuando alguna vez había tratado de avisar a sus padres, resultó en vano, porque cuando llegaban los ruidos habían cesado y la pared ya estaba en silencio. Y sabía de sobra que cuando les dijera que la pared hablaba le soltarían todo ese rollo acerca de diferenciar lo que ocurre en las películas con la realidad, la vigilia del sueño, etc. y la torturarían durante algún tiempo con esos espantosos cuentos de autoayuda de tipo “Martina no tiene miedo”, o “Teo sabe que los fantasmas no existen”. Sólo unos años más tarde encontraría el significado de los ruidos de la pared, y sería consciente de que había vida al otro lado. Y además de los ruidos aprendió a prestar atención a los diálogos que de vez en cuando escuchaba, aunque casi siempre tenían forma de susurro. Y aunque las palabras no se distinguían, le gustaba lo que decían, porque dormir escuchándolas le hacía soñar.

Algunas tardes, mientras estudiaba oía la música que venía del otro lado de la pared. Era una música totalmente distinta de la que escuchaba en la radio o intercambiaba con sus amigas. Una música a la que no conseguía poner nombre, que unos días sonaba en blanco y negro y otros en color, todos ellos en grano grueso, y que sonaba a cosas que sonaban a emociones de las de verdad y a otras cosas importantes. De entre todas, sus preferidas eran las que sonaban a final feliz.

Pocas veces, muy pocas, escuchó el llanto de la mujer. Tan poco habitual era el llanto, y tan poco habitual que sonara solo, sin la réplica del susurro grave, que se angustiaba con la incertidumbre. Y entonces se mantenía despierta, y acompañaba a ese llanto mientras duraba, y encogía las rodillas, y se escondía bajo el edredón, y acariciaba la pared, por si en realidad no hubiera nadie al otro lado, y todo fuera tan sencillo como tocar aquello que estaba a su alcance.

Ninguna de ellas supo jamás qué cara tenía la otra, aunque ambas se estuvieron cruzando durante veintitrés años en el portal.

Una, pocas veces, muy pocas, lloró. Pero al hacerlo le sorprendió una nana sin letra que acudió a consolarla de su propia boca. Y por la noche, antes de los ruidos, se la susurraría a su compañero.

La otra encontró su susurro grave, lo supo porque de pronto se le llenó la cabeza de canciones que sonaban a final feliz, y porque le hacía soñar.

Cuando pasaron esos años, ninguna de las dos volvió a permanecer despierta con las rodillas encogidas ni escondida bajo el edredón, pues dejó de haber pared que acompañar. Ambas, de vez en cuando, lo echan de menos.


Delante. London calling.

– ¿Dónde prefieres ver el concierto?

– (…)

¿Que dónde prefiero? Me da igual. Me da igual aparece por inercia. Me da igual. ¿De verdad te da igual? Busca. Busca. Qué prefieres…

Delante.
Delante.

Delante, sí.

Delante.

Donde está toda esa gente. Donde parece que no cabe nadie. Donde no voy a poder ver nada. Delante. Donde todos gritan, saltan y agitan los brazos con cara de éxtasis, aunque yo no vaya a saltar, ni a gritar, y de la cara que ponga no tendré conciencia, no es algo que me importe.

Delante.

Y ni siquiera miraré el escenario porque tendré los ojos cerrados, pero aunque los tenga cerrados sentiré las luces bailando al ritmo de la música y cómo estallan al romper contra el escenario, y sobre todo sentiré esa misma música que lo mueve todo, las luces, la gente que tengo a mi alrededor, a los que están en el escenario dejándola salir para moverlo todo, lo de fuera y lo que hay dentro, delante, metiéndose en mi abrigo, en las horquillas del pelo, entre la uña y el dedo, entre las líneas de lo que pienso.

Delante, invisible entre toda esa gente, sus gritos, sus brazos extendidos. Porque sólo allí, pequeña, con los ojos cerrados, podría poner en duda la existencia de la partícula de dios, y mi abrigo, mis horquillas, el espacio que hay entre mis dedos y mis uñas, mi propio pensamiento… todo se deshace, se difumina, y poco a poco yo dejo de ser yo, lo que yo era yo. Porque allí soy la música. Y el ritmo con el que bailan las luces que explotan sobre el escenario. Delante.

La primera vez  nadie me preguntó. Pero no obstante yo propuse, tímida,  ¿ y si delante? Y me dijeron no. Y me sentí incapaz de justificar mis por qués, ni siquiera los habría; era una intuición: delante. A la segunda fui donde me llevaron. Y así, cuando alguna vez hubo pregunta ¿dónde prefieres ir? aprendí a contestar me da igual. Un me da igual. Un no dar explicaciones ¿Que dónde prefiero? Me da igual. Y dejé de escuchar mis respuestas, las de verdad, las que primero son intuiciones hasta que después se convierten en certezas y se comprenden sus porqués. Hasta que se convierten en un elemento más del conjunto que me define, dejándome indefinida, cuando en realidad era delante.

Hasta ahora. Que sin avisar llegas y me preguntas. Y después de tanto tiempo sin contestar lo de verdad, con el sistema automático del me da igual, o del lo que prefieras -por variar-, después de tanto tiempo sin preguntas, tú me miras y me preguntas. Y qué contesto, ahora que tengo dos respuestas, la mía y la de los demás. Hace tanto que no escucho la mía que no sé ni cómo suena. ¿Y si la mía no es la buena? ¿Y si esperas escuchar otra?

- delante.

¿Y tú?

– Donde prefieras.

– No, ¿y?

– ¿Yo?

(… )

delante.
Delante.
Delante.

Delante, sí.

Delante.