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Delante. London calling.

– ¿Dónde prefieres ver el concierto?

– (…)

¿Que dónde prefiero? Me da igual. Me da igual aparece por inercia. Me da igual. ¿De verdad te da igual? Busca. Busca. Qué prefieres…

Delante.
Delante.

Delante, sí.

Delante.

Donde está toda esa gente. Donde parece que no cabe nadie. Donde no voy a poder ver nada. Delante. Donde todos gritan, saltan y agitan los brazos con cara de éxtasis, aunque yo no vaya a saltar, ni a gritar, y de la cara que ponga no tendré conciencia, no es algo que me importe.

Delante.

Y ni siquiera miraré el escenario porque tendré los ojos cerrados, pero aunque los tenga cerrados sentiré las luces bailando al ritmo de la música y cómo estallan al romper contra el escenario, y sobre todo sentiré esa misma música que lo mueve todo, las luces, la gente que tengo a mi alrededor, a los que están en el escenario dejándola salir para moverlo todo, lo de fuera y lo que hay dentro, delante, metiéndose en mi abrigo, en las horquillas del pelo, entre la uña y el dedo, entre las líneas de lo que pienso.

Delante, invisible entre toda esa gente, sus gritos, sus brazos extendidos. Porque sólo allí, pequeña, con los ojos cerrados, podría poner en duda la existencia de la partícula de dios, y mi abrigo, mis horquillas, el espacio que hay entre mis dedos y mis uñas, mi propio pensamiento… todo se deshace, se difumina, y poco a poco yo dejo de ser yo, lo que yo era yo. Porque allí soy la música. Y el ritmo con el que bailan las luces que explotan sobre el escenario. Delante.

La primera vez  nadie me preguntó. Pero no obstante yo propuse, tímida,  ¿ y si delante? Y me dijeron no. Y me sentí incapaz de justificar mis por qués, ni siquiera los habría; era una intuición: delante. A la segunda fui donde me llevaron. Y así, cuando alguna vez hubo pregunta ¿dónde prefieres ir? aprendí a contestar me da igual. Un me da igual. Un no dar explicaciones ¿Que dónde prefiero? Me da igual. Y dejé de escuchar mis respuestas, las de verdad, las que primero son intuiciones hasta que después se convierten en certezas y se comprenden sus porqués. Hasta que se convierten en un elemento más del conjunto que me define, dejándome indefinida, cuando en realidad era delante.

Hasta ahora. Que sin avisar llegas y me preguntas. Y después de tanto tiempo sin contestar lo de verdad, con el sistema automático del me da igual, o del lo que prefieras -por variar-, después de tanto tiempo sin preguntas, tú me miras y me preguntas. Y qué contesto, ahora que tengo dos respuestas, la mía y la de los demás. Hace tanto que no escucho la mía que no sé ni cómo suena. ¿Y si la mía no es la buena? ¿Y si esperas escuchar otra?

- delante.

¿Y tú?

– Donde prefieras.

– No, ¿y?

– ¿Yo?

(… )

delante.
Delante.
Delante.

Delante, sí.

Delante.

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