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La pared comunicante. I wanna be adored.

La intersección entre sus vidas tuvo  forma de pared comunicante. Ambas vivían en el mismo bloque de edificios, en pisos de la misma altura pero en diferentes escaleras que se unían precisamente en el muro que separaba ambos dormitorios.

Así, a la mujer joven comenzaron a despertarle a diario los llantos de un bebé que procedían de la pared. Los primeros días se angustiaba con la incertidumbre acerca del por qué y del cuánto duraría ese llanto, pero con el tiempo supo que antes o después aparecería una voz, tatarearía una nana sin letra y unas palabras suaves, y el bebé callaría y volvería a dormir. Y ella.

Cuando cesaron los llantos nocturnos y la mujer casi los había olvidado, llegaron los fines de semana. Sábados y domingos, al despuntar el alba, oía una voz pequeña de la pared ¿papá? ¿mamá?. Y preguntaba una y otra vez, cada vez más alto, cada vez con mayor desasosiego. La mujer joven abría los ojos y encogía las rodillas, e imaginaba esa voz sola, y le daba sensación de desamparo, y se sentía llamada, aunque no fuera ni madre ni padre, y se escondía bajo el edredón, y esperaba con ella mientras duraban los interrogantes hasta que llegara una voz que diera los buenos días en un tono alterado, forzadamente infantilizado, y dijera tonterías, y la vocecita se riera. Y sólo entonces, en pleno bullicio, la mujer volvería a dormir.

Los sábados y los domingos fueron amaneciendo más tarde. Hasta que por fin era una voz de hombre la que inauguraba el fin de semana tras la pared comunicante, y cantaba canciones que no se parecían nada a las que la mujer escuchaba de niña, y le hacían sentir a la mujer lo lejos que quedaba la suya con tanto cambio de decorado.

Y cuando la pequeña se ponía enferma, le despertaban las toses. Cómo tosía. Y la mujer se sentía llamada, por esa tos, pero la mujer no tenía jarabes, ni cartilla del médico, ni forma de cruzar esa pared comunicante, y se mantenía despierta, para acompañarla mientras duraran los ataques, y encogía las rodillas, y se escondía bajo el edredón. Al menos hasta que escuchara alguna otra voz en esa habitación contigua, una voz con jarabe y cartilla del médico, o con susurros, o con nanas sin letra.

La niña al principio no conseguía entender los ruidos acompasados y de ritmo in crescendo que de vez en cuando y sin explicación salían de su pared y la despertaban, para después parar en seco. Mientras duraban, la niña se mantenía despierta, encogía las rodillas, y se escondía bajo el edredón, sin dejar de mirar a la pared, que elegía formas realmente extrañas para comunicarse con ella. A veces intentaba hablarla, pero no sabía su nombre, así que no sabía cómo dirigirse a ella. Cuando alguna vez había tratado de avisar a sus padres, resultó en vano, porque cuando llegaban los ruidos habían cesado y la pared ya estaba en silencio. Y sabía de sobra que cuando les dijera que la pared hablaba le soltarían todo ese rollo acerca de diferenciar lo que ocurre en las películas con la realidad, la vigilia del sueño, etc. y la torturarían durante algún tiempo con esos espantosos cuentos de autoayuda de tipo “Martina no tiene miedo”, o “Teo sabe que los fantasmas no existen”. Sólo unos años más tarde encontraría el significado de los ruidos de la pared, y sería consciente de que había vida al otro lado. Y además de los ruidos aprendió a prestar atención a los diálogos que de vez en cuando escuchaba, aunque casi siempre tenían forma de susurro. Y aunque las palabras no se distinguían, le gustaba lo que decían, porque dormir escuchándolas le hacía soñar.

Algunas tardes, mientras estudiaba oía la música que venía del otro lado de la pared. Era una música totalmente distinta de la que escuchaba en la radio o intercambiaba con sus amigas. Una música a la que no conseguía poner nombre, que unos días sonaba en blanco y negro y otros en color, todos ellos en grano grueso, y que sonaba a cosas que sonaban a emociones de las de verdad y a otras cosas importantes. De entre todas, sus preferidas eran las que sonaban a final feliz.

Pocas veces, muy pocas, escuchó el llanto de la mujer. Tan poco habitual era el llanto, y tan poco habitual que sonara solo, sin la réplica del susurro grave, que se angustiaba con la incertidumbre. Y entonces se mantenía despierta, y acompañaba a ese llanto mientras duraba, y encogía las rodillas, y se escondía bajo el edredón, y acariciaba la pared, por si en realidad no hubiera nadie al otro lado, y todo fuera tan sencillo como tocar aquello que estaba a su alcance.

Ninguna de ellas supo jamás qué cara tenía la otra, aunque ambas se estuvieron cruzando durante veintitrés años en el portal.

Una, pocas veces, muy pocas, lloró. Pero al hacerlo le sorprendió una nana sin letra que acudió a consolarla de su propia boca. Y por la noche, antes de los ruidos, se la susurraría a su compañero.

La otra encontró su susurro grave, lo supo porque de pronto se le llenó la cabeza de canciones que sonaban a final feliz, y porque le hacía soñar.

Cuando pasaron esos años, ninguna de las dos volvió a permanecer despierta con las rodillas encogidas ni escondida bajo el edredón, pues dejó de haber pared que acompañar. Ambas, de vez en cuando, lo echan de menos.

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